Hay un concepto que está muy en boga, “Zona de Confort”. Trata de definir lo cómodos que nos encontramos en los entornos que conocemos y lo reacios que somos a tomar nuevos caminos ante la incertidumbre de lo que vendrá y el miedo asociado a ese desconocimiento. Los psicólogos nos alertan cada día de que hay que romper ese miedo puesto que nos está impidiendo descubrir cosas nuevas, tener nuevas experiencias, una vida más rica en emociones y conocimientos. Nos permite, en definitiva, evolucionar a una mejor versión de nosotros mismos. 

Pero ese miedo a lo desconocido, ¿no es el mismo que nos lleva a pensar en las personas con diversidad funcional con tantas reservas?,  ¿no es ese miedo el que nos impide contratar a profesionales con discapacidad ante la incertidumbre del cambio que pueda introducir en nuestras empresas? ¿Acaso no se vería alterada nuestra zona de confort con planteamientos de inclusión y diversidad?

Empeñarse en demostrar que la diferencia amplía horizontes no es tarea fácil. A menudo, lo diferente causa desconfianza, produce inseguridad y favorece el rechazo.

En el terreno laboral, la diferencia que supone una discapacidad es un handicap que el trabajador ha de sortear con grandes dificultades y que las empresas han de aprovechar, transformando los inconvenientes en ventajas.

Desde que en 1982 se aprobó la Ley de Integración Social de Minusválidos (LISMI), actual Ley General de Discapacidad (LGD), las empresas con más de 50 trabajadores están obligadas a reservar un 2% de su plantilla a personas con discapacidad. Pero no es tarea fácil, porque al empeño de encontrar al mejor aspirante, hay que unir el esfuerzo empresarial por adecuar su puesto de trabajo, eliminar las barreras que dificultan su tarea y derribar los muros de desconfianza que todavía genera lo diferente.

Atreverse a romper con ese miedo es una de las cosas más enriquecedoras que puede hacer alguien por su organización. Pararse un momento y reconocer esas barreras internas y externas que impiden nuestro crecimiento y expansión.  Darnos cuenta de que podemos llegar a donde queramos. Aceptar que hay aspectos que no podemos manejar y confiar en los que nos pueden ayudar, en los que nos pueden proporcionar formación y asesoramiento para la contratación de profesionales con discapacidad.

Coronar con éxito este proceso supone infinitas ventajas. El empresario, además de cumplir la Ley, está dotando a su negocio de un valor añadido, el del esfuerzo, la competitividad y el afán de superación. El trabajador con discapacidad está teniendo la oportunidad de demostrar su valía en “igualdad” de condiciones y la sociedad está aprovechando un talento que, sin una ley de discriminación positiva, se perdería en un mar de ignorancia.

En definitiva, tomar conciencia de nuestros retos y de nuestros miedos, fijar objetivos, buscar profesionales especializados y abandonar nuestra zona del confort en pro del crecimiento empresarial. Abandonemos la zona de confort.